1929, será recordado por la caída de la bolsa en Wall Street, por ser el año de la Exposición Universal en Barcelona, por tener lugar la primera entrega de los premios Oscars y por muchas otras cosas. Pero en mi familia, éste año será recordado por la compra de la casa de nuestra familia.
El padre de mi abuela compró una casa con unos cuantos metros de terreno sin vallar. La casa estaba situada en la barriada de El Castillo, llamada así por estar muy cerca del Castillo de Sta. Bárbara.
Como ya he contado alguna vez, Juan era masón, por lo que prefirió no poner la casa a su nombre, ante el miedo a perderla. Las escrituras se hicieron a nombre de su hermano, por parte de madre, José Acosta, más conocido aquí como Pepe, "el tuerto". Pepe tuvo que hacer un testamento en el cual la casa sería para sus sobrinos, Manuela, mi abuela, y Eduardo.
En la reforma de aquella casa colaboró hasta el pequeño Eduardo, que no podía salir a jugar sin hacer dos bloques cada día. Los bloques estaban hechos de una mezcla de cemento, cal, arena y en su interior ponían, para ahorrar mezcla, una lata de conserva vacía, conchas de la playa, botellas... Muchos años después, y tras las diversas reformas que ha sufrido la casa, todos en mi familia hemos podido encontrar algunas de esas latas o botellas, y observar que el paso del tiempo no había hecho mella en algunas de esas etiquetas. En una de esas latas se podía leer Tomates pelados El zeppelin, y en su interior aún había una pepita de tomate pegada. Mi madre conserva la etiqueta de uno de los tónicos de la época.
En el momento de la compra de la casa vivían en ella, Juan con su mujer Manuela, y sus hijos, Eduardo y Manolita. También se alojaban allí, Pepe el tuerto con su mujer Ana Mª y la hermana de ésta, la tata.
En la parte de delante de la casa montaron una tienda de comestibles, y con lo que daba la tienda y el trabajo de Juan como carpintero, la familia salía adelante.
Con el paso del tiempo, los herederos de la casa,o sea, mi abuela Manolita y su hermano Eduardo, hicieron las pertinentes reformas para dividirla en dos, ya que en cuanto a terreno era lo bastante amplia para poder vivir dos familias cómodamente. Tanto es así, que en el patio que compartían ambas casas había un par de habitaciones que alquilaron a una familia durante un tiempo.
En aquellas casas vivieron muchos años ambos hermanos, con sus respectivas familias.Incluso mi abuela dio a luz allí a sus cuatro hijos. Pero en los años 70, el ayuntamiento hizo un proyecto para la barriada y esas casas serían derribadas. Así que a las familias de la zona les proporcionaron unas viviendas en la Barriada de El junquillo, y allí se trasladaron las dos familias, cerrando las dos casas por lo que creían que sería para siempre.
Pasaron los años y las casas siguieron en pie, el proyecto del barrio no tuvo continuidad. Así que cuando mis padres se casaron mi abuela se la ofreció a mi madre, y aunque la casa estaba muy descuidada y había que hacerle una infinidad de reformas, la aceptaron de buen grado. La casa de Eduardo permaneció más tiempo cerrada, aunque algunos veranos los pasaban allí porque estaban más cerca de la playa.
Así mis padres emprendieron una reforma de la casa que se alargó desde 1976 hasta 2003. En mi casa, según mi padre, siempre había algo que reformar. Mi infancia estuvo llena de escombros, cemento y polvo. La mayor parte del tiempo que pasaba en mi casa tenía la piel de gallina, de los escalofríos que me daba el ver esa cantidad de polvo que todos sabemos que se forma con las obras. Aún en día cuando mi padre se queda mirando alguna pared de casa, todos echamos a temblar, porque hay como un 99% de posibilidades, de querer echar abajo dicha pared.
La casa contigua, también sufrió sus reformas pero de manera más sosegada. Primero una en los 90, porque Eduardo y su mujer, María, decidieron volver a vivir en ella. Y una más en 2002, ya que después de que ellos fallecieran, Antonio, uno de sus hijos, se quedó con la casa.
Esta propiedad, ha sido testigo de la guerra civil, de la muerte entre otros de mi bisabuelo, de unos cuantos nacimientos en la propia casa, del crecimiento de muchísimos niños que hoy en día son abuelos, de numerosas celebraciones como bautizos, comuniones, bodas, fiestas de fin de año, numerosas barbacoas,... La casa del Castillo, como se le empezó a llamar, cuando mi abuela y su hermano se fueron de allí, siempre ha sido el punto de encuentro para cualquier reunión familiar. A pesar de los años que han pasado, sigue siendo así. Incluso cuando quedamos para irnos todos a algún lugar el punto de partida es desde la casa de El Castillo
Los últimos años de vida, tanto de Eduardo como de mi abuela, los pasaron en esas casas. Aunque ya quedaban muy pocos bloques de aquellos que hizo Eduardo, estar allí, en las casas que les vio crecer, y desarrollar la mayor parte de sus vidas, les tuvo que suponer un motivo de alegría.
En la actualidad, mi madre y su primo Antonio, siguen viviendo en ellas. Y espero que siempre sea así, que siempre haya un hijo o un nieto, que viva en esa propiedad que compró mi bisabuelo Juan hace ya 81 años.